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Álex en guerra
Jorge Lainfiesta
Finalista, Premio Francesc Candel 2025, Barcelona
En la primera cita hablamos por horas en un café anexado a una taquería en el bulevar principal de Mixco. Le pregunté a Álex por cada uno de sus tatuajes. Era una buena excusa para explorar con mis dedos su piel de porcelana china. Este es el único que quiero quitarme, me dijo señalando el que cubría la mitad de su ancho antebrazo izquierdo. Era una carta esotérica. Me explicó que era un diez de espadas, de la baraja española. Terminamos teniendo sexo en su carro en el parqueo de la taquería.
Para la tercera cita, ya nos habíamos confesado todos nuestros miedos e inseguridades. Le conté que vivía con VIH desde hacía años. Me contó que se había convertido al catolicismo el año pasado. Le conté que mi mamá murió sin saber que yo era gay. Me contó de la paliza que le dieron en la marcha del orgullo que le llevó al hospital y a perder su trabajo. Le conté que a veces mi mamá se me aparecía en sueños y me preguntaba si ya tenía novia. Lloramos, nos abrazamos, nos besamos. Nos dijimos te quiero.
Él vivía con su madre, yo vivía en la casa que fue de mi madre. Decidimos mudarnos juntos. O más bien, que él se mudara conmigo a la casa de mi mamá. Las aves del paraíso del jardín celebraron la llegada de Álex multiplicándose sin parar. Fuimos tan felices. Cada mañana despertaba con los cantos de los pájaros que anidaban en el inmenso limonar, legado de mi abuelo. Veía entonces la cara de cachorro de Álex aún dormido y sonreía. Era tan bello. No es ningún secreto. No me avergüenza decir que lo amé por su belleza. Pero también me hacía reír. Y tenía el grado justo de melancolía permanente en la mirada.
Los sueños con mi mamá se empezaron a hacer más frecuentes. La veía regando las plantas, tan contenta, tarareando Luna de Xelajú. Pero a veces me hablaba. Me llamaba para que pusiera la mesa, y que fuese rápido, porque ya estaría la cena lista y no hay nada peor que la comida fría. O me mandaba a comprar tortillas con la señora de la carreta. Acordate que hoy es lunes y lleva tortillas negritas, me decía. Al despertar me encontraba la almohada empapada, no sabía si de sudor o lágrimas.
Fuimos juntos a la boda de la prima de Álex. Se casó en las ruinas coloniales de un convento en Antigua Guatemala, con el imponente Volcán de Agua como testigo. Bailamos, nos carcajeamos, correteamos de la mano como adolescentes, para escándalo de muchas viejas beatas y no tan beatas.
Cuando cayó la noche, nos alejamos a descansar sentados sobre lo que fue una columna de ladrillo construida por esclavos de españoles. El viento fresco sobre nuestros cachetes aliviaba el calor de la bailada. Nos veíamos embobados. Por qué no nos casamos, dijo Álex, la sonrisa escapándosele de la cara. Le tomé la mano derecha y se la besé. Bebé, le respondí conteniendo las lágrimas, vos sabes que en este país de mierda no existe el matrimonio gay. Le di un pequeño beso en los labios. Te quiero muchísimo, sos mi todo, dije volteando a ver la cúpula de la ruina que aún quedaba en pie, pero tampoco nos podemos casar por tu Iglesia. Recostó su cabeza sobre mi pecho. Ya lo sé, me dijo con un hilo de voz, pero no sé, podríamos ir a casarnos a Costa Rica. Nos quedamos así, abrazados, intercambiando sollozos, compartiendo la impotencia de ser maricón en esta tierra infecta. La fiesta de la boda continuaba sin nosotros. Sí, acepto, dije secándome la cara, casémonos en Costa Rica.
Volvimos de la Antigua al día siguiente. Esperate, le dije a Álex cuando apagó el carro. Era de noche. Agucé la mirada. Qué pasa, me preguntó Álex al ver mi cara de espanto. Creo que se entraron a robar a la casa, le respondí. Se irguió sobre el asiento, encendió el carro de nuevo. ¿Llamamos a la policía?, preguntó. Para qué, peor sería, respondí sin dejar de buscar alguna pista. Pero no había nada fuera de lugar. Finalmente, Álex me convenció de que no pasaba nada, que podíamos entrar a la casa. Tras comprobar que, en efecto, todo estaba en orden, Álex se puso muy besucón. No dejaba de tocarme, de sugerir que hiciéramos el amor, que celebráramos que nos casaríamos. Le dije que estaba cansado, que mejor nos acostáramos a dormir.
Álex me abrazaba durmiendo, pero yo no dejaba de tiritar. Entraba y salía del sueño. Me acechaba mi mamá. Ya no eran recuerdos idílicos. Ahora la veía despeinada, los ojos desorbitados, trepando por los muros cubiertos de hiedra del jardín. Cada vez que despertaba suprimía mi grito y sentía el olor de los tamales que ella cocinaba para Navidad o escuchaba el murmullo de sus ollas en la cocina. Me volvía a dormir y la veía preguntándome por la fecha de mi boda, su voz distorsionada de agonía. Quién es la afortunada señorita, gritaba una y otra vez, colgada de un gabinete de la cocina, el delantal deshilachado y cubierto de podredumbre negra.
Es una pesadilla, amor, es una pesadilla, me repetía Álex mientras me sacudía. Las sábanas estaban empapadas. Como pude le expliqué todo. Aunque a trozos, porque yo no sabía qué era sueño y que no. Aunque todo es sueño, no puede ser otra cosa, concluí. No, yo también sentí un olor extraño y escuché ruidos abajo, me contestó. Afuera ladraba un perro, se escucharon dos disparos, luego una sirena de policía. Álex estaba absorto en su tatuaje del diez de espadas, yo intentaba no ver la figura encorvada de mi mamá en la puerta del dormitorio.
Estamos perdiendo tiempo y mucho pisto, dije cuando estacionó frente a la antigua casona de Zona 15. Fueron mis primeras palabras después de la hora y media de tráfico que hicimos para llegar allí. Álex se aferró al timón con más fuerza. Mirá, me dijo sin quitar los ojos de la carretera aunque ya no estuviésemos en ella, estoy haciendo todo esto por vos. Yo dejé esto hace mucho, antes de convertirme. Pero ya no nos quedan opciones. El párroco dijo que dejáramos el pecado, tu psicóloga que te internaras en un manicomio. Mi mamá sabe de estas cosas. Dice que Madame de l’Enclos es la única bruja en este país que puede ayudarnos. Confiá en mí esta vez, por favor. Suspiré, le pedí perdón, nos besamos.
Madame de l’Enclos nos recibió en un salón que parecía sacado de un palacete barroco. Desafiaba mi idea de un cuchitril de bruja, no había ni olor a ruda ni velas derretidas. Ella iba vestida con una larga bata de brocado que arrastraba al caminar. Le calculé entre treinta y ochenta años. Nos dijo que nos sentáramos. Le conté lo que me pasaba. Me pidió muchos detalles. Hablamos de mi infancia. Llegué a pensar si acaso no estábamos en terapia. Pero se levantó y trajo un libro muy viejo. ¿Es un libro de hechizos?, pregunté. No, voici l'épopée babylonienne, respondió con una sonrisa. Álex y yo nos miramos confundidos.
Lo que pasa contigo y tu madre es algo poco común pero no extraordinario, sentenció Madame de l’Enclos, poniendo casi siempre las tildes en las últimas sílabas. Teníais una relación muy cercana, solo erais el uno para el otro. Ella muere y su única pena es que te deja solo. Pero al morir se queda esperanzada en una historia muy concreta para ti. Y se aferra a esa historia: que encontrarás una mujer, que te casarás, que tendrás hijos y así no estarás nunca solo, aunque ella ya no esté. Tú en cambio, te quedas aquí y tienes tu propia historia: tú no quieres una mujer, tú quieres a un hombre, en concreto, a este afortunado monsieur aquí presente. Tú no estás solo, aunque ella ya no esté. Vuestras historias cada vez se alejan más, y ese vínculo que os unió, y que sigue existiendo, os hace sufrir, a ti, aquí en la tierra, y ella, allí donde esté.
¿Y qué tenemos qué hacer?, dijo Álex poniendo ambas manos sobre la mesa. Madame de l’Enclos se puso la mano sobre la solapa de la bata, a la altura del corazón. Esbozó una leve sonrisa. Naturalmente, forjar un puente entre la historia de los vivos y la de los muertos, contestó. ¿Pero, cómo?, le grité, convencido que se burlaba de nosotros.
Madame de l’Enclos se levantó de la silla y dejó caer su pesada bata. Estaba desnuda. Todo su cuerpo estaba minuciosamente cubierto de tatuajes de letras ilegibles, estrellas distantes, demonios sonrientes, ángeles endemoniados, números incontables. Como sabréis, soy una hieródula, una prostituta sagrada, dijo. Volteé a ver a Álex con la boca abierta, él se puso un dedo sobre los labios sin quitar la vista de Madame de l’Enclos. Ella abrió el libro que estaba sobre la mesa y recitó, Shamhat se quitó la ropa y reveló su sexo / Él le dio belleza, que él venga a ella / Hizo el trabajo de una mujer para un hombre / Su amor acariciado en sus brazos / Seis días y siete noches. Madame de l’Enclos cerró el libro y lo puso lentamente sobre la mesa. Así forjaremos el puente, me dijo, tu pene dentro de mí será el martillo de herrero, tu semen será el acero de la estructura. Así uniremos las historias de los vivos con las de los muertos, concluyó.
Afuera se había hecho de noche. La ciudad colapsaba a la hora pico. Bajé la mirada. Era la primera vez que veía una vagina en mi vida. Sentí que se me disolvió el miembro. No puedo, dije dejando caer mi cabeza. Álex me tomó la mano. Yo tomaré su lugar, dijo. Es riesgoso, respondió Madame de l’Enclos. Álex le mostró el tatuaje del diez de espadas. A ella le brillaron los ojos. Sonrió hasta que se le vieron los dientes limados como triángulos. Mais que c’est beau, respondió. Se lamió los labios con su lengua bífida. Pero él debe ver todo el tiempo, añadió, y no garantizo nada.
Han pasado los años, ya no sé cuántos. Dejé de contarlos cuando murió el limonar de mi abuelo. Mi mamá se me sigue apareciendo en sueños. Me pregunta con entusiasmo por mi boda. Me dice que ya no se aguanta las ganas de conocer a mi novio, que debe ser guapísimo, igual que yo. A veces llora, y me pide perdón por dejarme solo contra el mundo cuando ella vivía. No pasa nada, mamá, le digo en voz alta cuando despierto. Sé que es en vano porque volverá a preguntarme la noche siguiente. Pero le cuento que no tengo novio. Le cuento que Álex vive en España y está casado con una mujer. Ya no lloro. Ya no me tomo los retrovirales. Pronto no nos hará falta ningún puente, mamá.
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