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Milagros
Jorge Lainfiesta
Yo siempre fui muy creyente. Adelante, burlate lo que querrás. Pero yo he visto tantos milagros. El volver a casa mi hermana y yo después del colegio, cada día, a esperar a que viniera mi mamá del trabajo. No trabajaba lejos, pero trabajaba muchas horas. Mi hermana y yo mirábamos tele, pero igual nos aburríamos. Jugábamos a que nos metíamos en las caricaturas: éramos princesas enamoradas, magas estudiosas, ratonas orejudas. Nuestra mamá regresaba ya de noche. A veces, cuando ya teníamos los muebles contra la puerta para trancarla. Tocaba tres veces rápido, dos veces despacio, y hacía un chiflido especial. Entonces mi hermana y yo nos levantábamos a mover todo al chilazo para que entrara mi mamá como un rayo y volver a proteger la puerta. Por eso, odiábamos a mi papá: no estaba para cuidarnos de ningún peligro de los de afuera. Mi mamá nunca habló mal de él ni dijo cómo se llamaba. Así que, al menos yo, dirigí mi odio a todos los hombres: a los compañeritos del colegio, a los maestros sebosos, a los vendedores hediondos. Comencé a llevar una botellita anti-malos que me dio mi mamá. Si se te acerca mucho un hombre y te comienza a tocar, sacas tu botellita y le echas un esprayaso en la cara, dijo. Lo usé una vez y me echaron del colegio. Yo allí vi un milagro. Entendeme: el patio era feo y así ya de una vez me dejaba de andar buscando el maestro de educación física.
Cuando terminamos el colegio, mi hermana se acabó haciendo monja y fue feliz. A mí me hubiese encantado hacerme lesbiana, pero una vez le di un beso con lengua a una amiga y me acuerdo más bien de la cruda del día siguiente. Y es que cuando regresé a la casa, no pude entrar. Todavía me daba vueltas la cabeza, pero alrededor mío ya los chicleros iban y venían cargando sus inmensas tiendas en la espalda, las motos rugían como cafeteras levantando nubes de polvo por la calle, las doñas oficiosas vendían lo que pudiesen en cada esquina. El sol se levantaría en cualquier momento. ¿Mamá?, grité. A esa hora mi mamá ya estaría saliendo a trabajar. Hice la señal de toques y silbidos. Nada. Llamé a mi hermana por teléfono. Le dije que se viniera ya. Voy, me dijo. Al rato, había un pequeño ejército de monjas, rosario en mano, marchando con sus chanclas gastadas y sus hábitos moteados pero limpísimos, por la avenida. Dos de ellas fueron al mercado a traer a la vecina, que era pescadera, para ver si podíamos entrar a nuestra casa desde la suya. Entre tres, maniobraron para saltar el muro coronado por culos de botella rotos. Encontraron a mi mamá inconsciente en la cama. Una de las monjas era enfermera y le dio los primeros auxilios. La llevaron entre todas cargada a la clínica católica más cercana. Yo me quedé limpiando para no hacer bulto. También porque daba pena, tanto la casa como mi vida. Luego que mi hermana me dijo que se iba a hacer monja, yo sentí como que se me había muerto y me alejé. Comencé a odiarla: ya jamás hablaríamos de los chismes de las vecinas, o del tipo de pastel que serviríamos en nuestras bodas, o de los nombres que le pondríamos a nuestros hijos, o de cómo nos haríamos viejas con los nietos de ambas corriendo por todos lados. Me contaba cosas de su vida de monja y yo pensaba que solo quería convertirme. Me refería algún curso para hacerme carnicera, y yo sentía que ella pensaba que yo era inútil. Me decía que me había conseguido un trabajo en un sanatorio, y yo decía, qué, te parece muy poca cosa que sea edecán en una tienda de ropa. Dejé de contestar sus llamadas. Tenía que labrar mi propio camino, me dije a mí misma. ¿Qué no haría mi hermana?, pensaba. Y allí iba. Primero fueron unas chelas en el parque con un par de amigas, pero en cuestión de segundos llegaron unos chavos como moscas rondando mierda fresca. Nos ofrecieron cigarros, octavitos de aguardiente, y música que salía de una bocina enclenque. Finalmente, detrás de unos arbustos y la obscuridad de la luna nueva, también nos ofrecieron sus labios, sus lenguas y sus glandes hinchados que lloraban como Magdalenas al ver nuestras sonrisas etílicas. Luego sentiría vergüenza, culpa, lo que querrás, pero en ese momento, mientras el reguetón retumbaba en las matas, la cerveza me mecía las caderas apoyada sobre los talones, y aquella verga dura, salina, me alimentaba con firmeza, me sentí, por primera vez, querida por un hombre. Nos haríamos novios al par de días, pero nunca le entregaría más que la boca. Me quiero guardar para el matrimonio, le decía. Nunca le dije que mi mayor miedo era terminar como mi mamá, o sea: traer al mundo otra niña como yo.
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Contact me to keep readingEste relato es un borrador inédito. Aquí termina el fragmento disponible.
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