Jorge Lainfiesta
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BORRADOR INÉDITO · FRAGMENTO • 2026

Su mismo nombre

Jorge Lainfiesta

Llevamos treinta y cinco años casados, pero eso se acaba hoy. Fueron treinta y cinco largos años, que se hicieron—mirá, vos, si no es reputa la vida—más largos desde que dejamos de dormir en la misma cama y vivir bajo el mismo techo.

Digo treinta y cinco, pero dejé de contar cuando me fui para ser feliz. Esa noche, regresé a lo que era nuestra casa de dos niveles con su jardín y sus dos perros negros. Ya los tres patojos estaban dormidos, Brenda me esperaba sentada en la sala en penumbras. Me dijo que tenía que elegir: o la dejaba a la aquea o me iba de la casa. En vez de negarla, repasé el repello de las paredes que se caía por la humedad, las pinturas congoleñas de arena desteñidas, los azulejos de patrones coloridos en el suelo, el sillón desgastado desde donde se dictaba mi sentencia. Grité algo, o quizá lo dije muy bajo, o no dije nada, solo recuerdo que atravesé la capital en mi viejo sedán quemando gasolina para convertir a mi amante en amada. Me pusieron dos multas los velocímetros. Hoy hubiesen sido una ruina, pero entonces fueron una fiesta; muy corta, eso sí.

Dije que me fui para ser feliz, pero qué rápido se acaba el amor cuando se acaba el secreto. Al día siguiente de mi huida, me desperté al lado de la aquea y vi el techo de lámina, la bombilla pelada, las paredes de block pintadas de azul brillante. Me di cuenta de que nunca había estado en su casa: siempre nos habíamos visto en moteles anónimos o bares obscuros. Me incorporé. Me restregué los ojos, me puse los lentes. Había... ¿sillas de plástico?, ¿un sofá al lado de la cama? Un poco más allá, un juego cuadrado de comedor cubierto con un mantel plástico. Olía a café de olla. La ancha espalda de una señora cubría una estufa de seis fuegos.

Buenos días, mijo, dijo sin girarse. Quiere un su cafecito.

Volví a restregarme los ojos.

Buenos días, respondí por inercia.

Me puse la camisa y el pantalón que había tirado al lado de la cama la noche anterior. Tras un par de pasos, llegué al comedor y tomé el pocillo hirviendo con café. Estaba ralo y algo raro.

Van a venir a almorzar los abuelos y los primos y los tíos y los sobrinos de la aquea, dijo la señora sin dejar de remover su olla. Vienen a darle a usted la bienvenida a la familia.

Volteé a ver a la cama en medio de la sala: la aquea seguía durmiendo a pierna suelta.

Ya tenemos la decoración lista: son unos globos, unos listones, y unos carteles bien grandes con los apellidos de los dos, dijo tras apagar el fuego de la estufa. Vamos a pedir picsas, usted puede contribuir eso y unas aguas para los niños y unas cervezas para los adultos, no hay problema, ¿no?

Se dio la vuelta. Tendría más o menos mi edad, cincuenta y pico años llevados a cuestas en las arrugas bajo los ojos.

Por supuesto, respondí, y tomé asiento por invitación de sus rechonchos dedos morenos.

La sillita del comedor tronó cuando se sentó. La aquea levantaba y bajaba las sábanas de poliéster estampadas de rosas al compás de su respiración.

Es una niña hermosa la aquea, mi princesa, dijo la señora. Qué suerte tienen de haberse encontrado; usted también es un galán, son tal para cual.

Hasta con rima le salió, dije llevándome el pocillo a la boca, algo chiviado.

Mire, dígame una cosa, la vieja bruja esa con la que estaba antes..., dijo hundiendo sus pequeños ojos negros en los míos. Esa vieja..., ¿reza mucho o qué?

Casi escupo el sorbo de café. Ni la aquea me había preguntado nunca por mi esposa. Somaté el pocillo contra la mesa.

Conteste, dijo la señora adelantándose a mi respuesta.

De repente, me sentí liviano, como cuando era niño y corría descalzo, sin nada en la tripa, por las calles de tierra allá por Puerto Barrios y escuchaba el camión de Chiquita Banana que venía a regalar fruta. Se me aguadaron las canillas y se me soltó la lengua.

Sí, es bien católica, de misa diaria, me escuché decir.

La señora volteó a ver su olla apagada.

Eso va a ser un problema, dijo. Pero donde hay ganas, hay poder. Y aquí, hay ganas y hay mucho poder.

Me dolió la cabeza, pero ya podía sentir las piernas. Me entró un hambre voraz.

Bueno, váyase rapidito al magdónals a comprar el desayuno, dijo la señora chasqueando los dedos. Pida cuatro de lo que sea.

Resultó ser que la señora era la madrastra de la aquea, y que dormía en un catre en el único cuarto de la casucha, donde nadie entraba nunca, nadie más que su marido jorobado. Del marido nunca supe nada. Se iba, cada día, antes que cantara el gallo del patio de la vecina, y volvía, con ojeras y empolvado, cuando ya habían apagado los faroles rojos las peperechas de la esquina. No abría la boca más que para darle un bocado a su comida y ofrecerle el resto a la madrastra de la aquea, y, para quejarse del dolor de espalda, que decía palear durmiendo en una hamaca cada noche.

Los primeros meses todo fue bien. No pensaba en Brenda ni en mis hijos casi nunca. Solo cada madrugada, cuando sonaba el despertador y me levantaba en medio de aquella sala húmeda para prepararle el desayuno a una mujer que podría ser mi hija y que, en unas horas, sería mi secretaria. También pensaba en Brenda cada noche, cuando volvía a la casucha y encontraba todo por hacer. También, todos los fines de semana, cuando en vez de carreras para llegar a misa y risas tras el almuerzo servido en el jardín, iba a comer pollo frito en el centro comercial con doce desconocidos.

Pero las cosas se salieron de madre cuando llegó diciembre con su pesada nostalgia y sus reclamos de normalidad. La aquea insistió en una sesión de fotos con Santaclós, en interminables posadas con primos y tíos y sobrinos, en inacabables listas de regalos. Pero, sobre todo, insistió en que la llevara como pareja al convivio navideño de la empresa. Es lo justo, dijo. La madrastra la secundó. No me quedó de otra. Cuando entramos de la mano al restaurante italiano adornado con guirnaldas y logos de la empresa, los hombres con sus trajes maltrechos y las mujeres con sus vestidos de segunda mano se callaron al instante. Se paró la música. Boquiabiertos, nos miraron primero la cara a mí y luego a la aquea, de vuelta a mí, de vuelta a la aquea, luego bajaron la mirada a las manos entrejuntadas. Se miraron los unos a los otros, se llevaron una mano a la boca y comenzaron los susurros. Se reanudó la música. Nadie se sentó en nuestra mesa. La aquea lloró toda la noche.

Venga para acá un momentito, me dijo la madrastra desde la puerta de su cuarto al día siguiente. Apenas pude entrar por el espacio que dejaba su cuerpo. Estaba todo obscuro. No había ventanas, ni tenía bombillas ni candelas puestas. Nunca volvería a entrar allí, pero el olor me perseguiría toda la vida. Olía rancio, a papaya podrida, a basura quemada, a huevo duro, a resina de copal. Se me dio la vuelta el estómago, como la última vez que vi a mi mamá: ella fumaba un cigarrito rústico, yo tenía los piecitos enlodados, las gallinas iban picando maíz alrededor, la leña del comal de la abuela apaciguaba el olor del basural arrejuntado en navidades. Mi mamá se puso en cuclillas y me dijo: Jorgito, usted está jodido porque su papá le puso su mismo nombre. Exhaló humo al cielo como una plegaria. Por eso me voy pal´ norte a probar suerte. Yo miré el maicito entre mis pies sucios, ella se levantó, me dio un beso en la cabeza. Vaya a ponerse un su pantalón o va a terminar como su papá. De mi papá no volví a saber después que me vine para la capital, solo que, cuando se murió, se juntaron sus amantes a jugar cartas sobre su ataúd. De mi mamá supe solo una vez más, una semana antes de mi boda: Brenda me contó, llorando, que la había ido a buscar a su oficina para ofrecerle dinero y un carro del año si no se casaba conmigo. Y, allí, en el cuartucho obscuro y pestilente, sin saber por qué, volví a sentirme un niño descalzo y sin pantalones que intuye que se puede ser huérfano con los padres vivos.

Tiene que dejarla ir ya, dijo la gran silueta de la madrastra.

A-a quién, respondí casi sin despegar los labios.

No se haga el mula, respondió. A la vieja bruja esa, yo ya agoté mis métodos y no reacciona. Le toca a usted mover ficha, pida el divorcio.

Sa-sale caro, muy caro.

Un tío de la aquea es abogado y le va a hacer buen precio, de familia. Yo ya le hablé, solo avísele a la vieja bruja y ya está, con eso se pone en marcha el proceso.

Vo-voy a-a pensarlo.

No, lo va hacer. Si no, va a acabar como aquel.

Seguí la sombra de su brazo regordete y vi, sobre su catre, al marido jorobado, enredado en la hamaca como presa de araña. La pesadez que ya sentía en el alma se extendió a mis miembros. Sin pensarlo, saqué el celular y abrí el chat con docenas de mensajes sin leer de Brenda. Cosas prácticas del colegio del menor, la noticia que se casaría el mediano, que el mayor, al que también le puse Jorge, se mudaba a Europa por una beca, que ella había estado en el hospital pero ya estaba bien gracias a Dios. Había dejado de enviar mensajes hacía dos meses. Vi mis dedos escribir,

"lo siento por las formas pero tengo que pedirte el divorsio te contactara mi habogado"

El mensaje apareció como leído de inmediato. No hubo respuesta. Arrastré los pies fuera del cuarto, fuera de la casucha, doblé en la esquina de las peperechas y su farol rojo, me subí a mi viejo sedán, ahora destartalado, y quise salir corriendo, pero no tenía dinero ni para la gasolina entre tanto magdónals para la aquea y sus primos, y sus tíos, y sobre todo, para su madrastra. Lloré como cuando era niño hambriento, me limpié los mocos con el brazo y decidí que tenía que recuperar el control.

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Este relato es un borrador inédito. Aquí termina el primer capítulo.